Longisquama

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Cuéntame un cuento muy largo, el más largo.

Tú sabes matemáticas y sabes que uno más uno son…

Dos, lo saben hasta las piedras.

Dos es mucho más que uno, ¿no? Pues te contaré dos cuentos en uno y así será el cuento más largo. Y hablando de largos… Érase una vez, hace millones de años, una dinosauria Longisquama o Escama Larga, llamada…

Alizarina. ¿Cómo era?

Era como una lagarta con plumas, tenía dientes y, al mismo tiempo, alas en forma de abanico.

¡Una lagarta con plumas!

Algo así. Algún científico sostiene que pudo ser la antecesora de las aves. Tenía algo parecido a plumas, sí, muy largas y coloridas. Solía vivir en las ramas de los árboles. Era pequeña comparada con algunos animales de aquel tiempo, pero su mal carácter la hacía muy peligrosa.

Una mañana, Alizarina estaba oculta en el hueco de un árbol, agotada.

¿Porque había volado mucho?

No. Porque acababa de poner un huevo. Y ahora tenía que ocultarlo bien para que nadie se lo comiera pero también tenía que ir a buscarse un desayuno. En aquel tiempo había muchos árboles y la vegetación era muy espesa: podías recorrer el bosque de árbol en árbol sin bajar a la tierra. A Alizarina se le daba mal volar así que pensó en llevarse su huevo en la boca mientras buscaba un buen almuerzo.

Su buen instinto le indicaba que en una rama cercana había muchas termitas. Dejó su huevo en el agujero del tronco, abrió la rama con sus garras y empezó a comérselas de una en una.

En ese momento se sintió una gran sacudida, la tierra tembló y los árboles crujieron. Se escuchó un gran rugido de volcán, entonces el cielo se cubrió de fuego primero y cenizas después. El huevo de Alizarina cayó al suelo.

Aunque casi no se podía ver por las cenizas, nuestra Escama Larga se lanzó en busca de su huevo. Por suerte el suelo estaba hecho barro y no le había pasado nada. Pero abajo le esperaba una desagradable sorpresa: un terópodo hambriento la había descubierto.

¿Cómo eran los terópodos?

Eran unos dinosaurios muy grandes y carnívoros, se mantenían en sus fuertes patas traseras y tenían una cola muy larga y fuerte. Éste saltó hacia Alizarina y la atrapó entre sus garras. Ya iba a engullirla cuando sucedió la segunda explosión del volcán. Esta vez la tierra se abrió y de las grietas abiertas comenzó a salir humo. Ningún animal pensaba en comer, más bien en ponerse a salvo. El terópodo soltó a Alizarina porque un árbol le había dado en toda la cabeza. Al verse libre de repente se acordó de su huevo y sorteando las ramas que caían y los agujeros humeantes que crecían a sus pies, fue dando saltos y pequeños vuelos hasta el lugar donde había caído su futuro hijo. Lo encontró enterrado y allí se quedó protegiéndolo tumbada sobre él, mientras en el cielo no dejaban de verse los estallidos rojos del volcán. Si pasaba algún depredador hambriento a su lado, Alizarina abría su gran pico con dientes y levantaba sus largas escamas coloridas, dando un buen susto a su cazador. Pero la tierra siguió rugiendo y echando fuego y cenizas. Y el calor y los gases dejaron el bosque y a todos sus habitantes petrificados.

Pero, falta un cuento..

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Érase otra vez, muchos millones de años después, en un poblado nómada del Asia Central, vivía un niño de nombre…

Koyu…

…que estaba celebrando la llegada de la primavera, lo cual para su pueblo era como celebrar el Año Nuevo. Es cuando comienza la vida, florecen los árboles y el río fluye más rápido. Todas las personas tienen que ponerse muy guapas, estrenar algo de ropa y también pintarse. Después del té tomarían pastas y podrían seguir comiendo hasta la puesta de sol, cuando comenzarían los cánticos y las danzas.

En ese momento Koyu había ido a buscar madera, le gustaba ser el encargado de la hoguera. Koyu tenía que sentirse de fiesta, pero tenía pena. Él era siempre así: o fiesta o pena. Y hoy tenía pena porque no iba a estrenar ninguna ropa. Al agacharse a recoger unas ramas secas se fijó en un piedra redondeada muy bien formada. Como le gustó, se la guardó en su mano. Pero volvió a sentir pena porque su pantalón era viejo y no tenía ni siquiera bolsillo. Cuando llegó al poblado para encender el fuego se encontró con su amiga…

Narín.

Su amiga Narín estaba muy guapa aquel día. Se había trenzado el pelo y se había puesto su nueva chaqueta de lana de oveja. Narín era muy espabilada, lo mismo podía cantar, tocar el tambor, las campanillas o hacer pinturas a base de pigmentos naturales, con las cuales decorar cuevas y piedras.

Cuando el fuego estaba encendido y el sol se ponía en el horizonte, Koyu mostró su piedra a Narín:

-Koyu, ¿dónde la has encontrado? Yo también quiero una piedra así.

Los niños se olvidaron de la fiesta y se internaron en el bosque, recorriendo la zona donde Koyu descubriera su redondeada piedra.

– Aquí era. Estoy seguro. Mira, aún se ve el hueco.

Narín repasó el hueco que había quedado en el suelo y empezó a escarbar con un palo la tierra alrededor para encontrar otras piedras semejantes, pero fue en vano. Ya había oscurecido cuando el niño recogió otra piedra del suelo:

– Vámonos, Narín. Se ha hecho de noche. Mira, te regalo esta otra roca.

– Pero esa no tiene ninguna forma de huevo.

– No, pero por el otro lado tiene algo grabado, tócalo.

Cuando llegaron al poblado, se adentraron en su yurta (su cabaña). Narín encendió un candil y ambos contemplaron la piedra a la luz: era un fósil de un ser muy extraño, que parecía una lagartija pero con plumas larguísimas.

La niña sacó unos cuencos con polvos de distintos colores que recogía de minerales, insectos o flores. Empezó a juntarlos con resina y grasas.

La madre de Koyu entró en la yurta y regañó a ambos:

-¿Dónde habéis estado? El fuego se apagó y nadie tocó el tambor.

Al ver que los niños se apenaron, la madre sonrió y dijo:

– Claro que vuestros hermanos saben cantar, tocar el tambor y alimentar el fuego mejor que vosotros, pero no volváis a iros ya, es de noche y estaba preocupada. ¡Ah, Koyu!, esto es para ti.

La fiesta volvió a la cara del niño cuando abrió el paquete para descubrir un nuevo pantalón, ¡y con bolsillo!, que no tardó en ponerse.

Para entonces Narín ya tenía listas las mezclas y había sacado su pincel de pelos de tejón. Lentamente comenzó a cubrir los huecos del fósil, imaginando que en aquellos espacios habría habido plumas azules, rojas y amarillas.

A los pocos días hubo que levantar el campamento para establecerse en tierras más fértiles de cara al largo verano caluroso. El día de la partida era otro día de fiesta y era costumbre intercambiarse regalos antes de la salida. Narín regaló su fósil decorado de Lingusquama a Koyu y él le regaló el fósil del huevo a ella. En la sonrisa de Narín se intuía que ya estaba planeando cómo decorarlo con su pincel de tejón y sus brillantes colores. Se dieron las gracias en kirguís:

– Choon rachmat!

– Choon rachmat!

Buenas noches.

Dulces sueños.

 

Nota: Balaluu uy-bazar, «la casa con niños es una fiesta», – dice un famoso proverbio kirguís, idioma nacional del Kirguistán, en Asia central, frontera con China, país donde se han encontrado fósiles de Longisquama, saurio que vivió a finales del periodo Triásico, hace 225 millones de años.

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