El viaje de Tucu y Halúa

cocuyo_tucu

Tengo una historia de una casa encantada.

No me gustan las historias de miedo.

No es de miedo. Digamos que era una casa diferente porque vivía un fantasma.

¡Me dan miedo los fantasmas!

No sé por qué, casi no hay fantasmas malos, si acaso traviesos.

¿Como el duende Trenti?

Más o menos. Resulta que la casa tenía una pared que era parte de la montaña.

¿Era como una cueva?

Sí, se había aprovechado la montaña para hacer la pared del fondo, por lo demás era una casa normal, bonita, con escalera de caracol y techos de madera. Estaba en un pueblo llamado Rajín. Su dueña, de nombre Maté, no iba mucho por allí y la prestaba a los amigos que querían ir de vacaciones por aquellas tierras lejanas en aquel valle rodeado de montañas y con vistas al mar.

Y érase una vez, unas amigas de Maté, una madre y una hija, que se pusieron de viaje en coche desde su ciudad para ir de vacaciones a la casa encantada en Rajín. La niña, llamada…

…Halúa…

…se había quedado dormida sin saber que dentro del coche se había colado un cocuyo hembra.

¿Qué es un cocuyo?

Es un insecto de la familia de los escarabajos muy especial porque tiene dos manchitas redondas en el cuerpo que pueden brillar en un verde muy intenso.

¿Cómo una luciérnaga?

Hay muchos animales que brillan emitiendo luz como los cocuyos, las luciérnagas, las medusas Arcoiris, las tortugas Carey, los peces Linterna, incluso el tiburón Cigarro y muchos otros seres vivos. El caso es que nuestra cocuyo de nombre…

…Tucu-Tucus…

Tucu, para los amigos, vivía a orillas del río de la ciudad entre plantas silvestes y jardines. Estaba volando buscando algún sitio apropiado para poner sus huevos cuando una corriente de aire la empujó dentro del coche donde viajaba Halúa y su madre con las ventanillas bajadas.

Aquello pudo provocar un accidente porque dentro del coche la madre empezó a gritar: ¡un bicho, ha entrado un bicho por la ventana!

Tucu-Tucus dio unos vuelos muy torpes, chocándose con la nariz de la madre y contra los cristales de las ventanas (porque no sabía lo que era el cristal) y al tercer coscorrón, cayó al suelo aturdida.

– Pensaba que era una abeja, pero no, no, es un moscardón muy duro, porque me ha dado en la nariz y me ha dolido -explicaba la madre-.

Tucu cayó a los pies de la niña y ésta se agachó a mirarlo. Entre el golpe contra los cristales y el susto de ver una cara de niña tan cerca, sintió miedo, y al sentir miedo encendió sus dos lucecitas. Esto dejó a Halúa tan asombrada que no volvió a hablar en todo el viaje.

Por su parte, Tucu desapareció. Se metió en la maleta de Halúa y eligió como guarida un par de calcetines enrollados, donde seguro no la encontrarían. Y así prosiguió el viaje: Halúa sin hablar y Tucu-Tucus durmiendo en los calcetines.

Cuando llegaron a la case de Maté en el pueblo de Rajín, la mamá ya estaba bastante extrañada de que Halúa no dijera ni una palabra, pero prefirió dejarla tranquila a ver si se le pasaba, antes de tener que acudir a un doctor.

Dentro del armario de la casa descansaba el fantasma de nombre…

Elvis.

Era un fantasma que nunca había dejado de ser niño, un poco travieso, pero con poderes hasta para conceder deseos. El fantasma Elvis se despertó al oír la llave de la puerta de la entrada de la casa.

– Vaya, vaya, tenemos visita -pensó-. Se acabó la tranquilidad.

La familia colocó sus cosas dentro del armario, lo cual no molestaba a Elvis. Él podía atravesar cosas, por ejemplo salir y entrar del armario con que solo hubiera una rendija en la puerta. Lo que no le gustaban eran los espejos, así que siempre intentaba evitar pasar enfrente de uno.

Decidió salir del armario mientras las chicas colocaban su ropa y darse una vuelta por la casa para hacer algunos de sus truquitos: abrir y cerrar ventanas y puertas, encender y apagar las luces, cosas divertidas para él pero que ponían nervioso a cualquiera.

Después de colocar la ropa en el armario decidieron hacer una cena en la terraza contemplando las vistas del valle, sus montañas azuladas con el mar al fondo, mientras el sol se ponía y dejaba las nubes pintadas de rosa. Hasta Elvis fue un rato a ver el atardecer (y de paso a encender y apagar las velas que decoraban la mesa).

– Halúa, ve a ponerte unos calcetines, está refrescando. Y cuando vuelvas me gustaría mucho que me hablaras -le pidió la madre.

Así que Halúa, obediente, bajó por la escalera a la planta baja donde estaba el armario. Detrás de ella se deslizaba muy chulito, Elvis. Al fantasma le encantaba dejarse girar arriba y abajo por esas escaleras con forma de concha de caracol. Llegó primero al armario, se coló por la rendija entre las dos puertas y se quedó dentro esperando a que la niña las abriera. Halúa eligió sus calcetines favoritos, unos que tenían elefantes azules de tela cosidos. Estaban un poco viejos, incluso tenían un agujerito en la punta cada uno.

Vamos, que tenían tomates.

Sí, pero no los quería tirar. ¡Tucu-tucus estaba dentro de esos calcetines con elefantes azules! Llevaba horas durmiendo cuando de repente se despertó y lo que vió fueron los ojos de la misma niña mirándole desde tan cerca otra vez. Volvió a asustarse muchísimo. Y volvieron a iluminarse sus manchitas verdes.

La niña se quedó alucinada. Pero eso no es todo. Aquí tengo que explicarte que los fantasmas se pueden ver a la luz que emiten otros animales, ya sean cocuyos, luciérnagas, medusas…

¿Así que Elvis se hizo visible?

Sí. Ya puedes imaginarte la cara de Halúa viendo a la cocuyo brillando y al fantasma dentro del armario.

¿Y qué pasó?

Si guardas el secreto de que vivo en este armario, te concederé un deseo, -le dijo el fantasma.

Halúa de repente recobró el habla:

– Mmm, déjame pensar… Ya lo tengo: deseo tener el poder para hablar con todos los seres, fantasmas, animales o plantas.

– Te lo concedo, pero si algún día rompes el secreto, perderás el poder y también te olvidarás de mí.

Entonces Halúa pudo entender a la cocuyo, que ya más tranquila, explicó:

– Perdonadme, pero tengo que poner mis huevos en alguna parte, o voy a explotar.

– Tucu, te recomiendo algún hueco en la ladera de la montaña, pero fuera de la casa. Ya sé que tus huevos también brillan y no quiero que me descubra nadie más -añadió Elvis, que se había vuelto invisible de nuevo, porque Tucu estaba tranquila y sus lucecitas apagadas.

Halúa volvió a la terraza con su madre y dijo:

– Qué noche tan bonita. ¿Hay estrellas fugaces?

– Sí, vi pasar una, le pedí un deseo y se ha cumplido, -dijo su mamá-.

– ¿Qué le pediste?

– Que volvieras a hablar.

– Creo que tendremos unas buenas vacaciones en Rajín, mamá.

– Sí, pero espero que dejen de apagarse las luces y cerrarse las ventanas de golpe.

– Estoy segura de que sí, porque si no, voy a poner cinta adhesiva a todas las rendijas del armario para que no se pueda entrar ni salir y espejos por todas partes de la casa.

– ¿Qué dices, hija?

– Nada, nada, cosas mías.

Y se oyó un abrir y cerrar de ventanas que quería decir: de acuerdo, dejaré de hacer truquitos divertidos, lo prometo.

Tucu-tucus había puesto sus brillantes huevos por las montañas de Rajín y se dice que los cocuyos hacían las delicias de los niños que los encontraban y que hasta podían entenderse con ellos.

Después de pasar unas divertidísimas vacaciones en la casa encantada en compañía de su nuevo amigo el fantasma, Halúa viajó de vuelta con su madre y con Tucu a la ciudad. Antes de despedirse frente al río, Halúa le preguntó:

– Por cierto, ¿por qué elegiste mis calcetines de elefante?

– No lo sé. Creo que siempre he soñado con comerme una boñiga de elefante, dicen que son las más ricas.

Y colorín colorado..

Buenas noches

Mah cualli yohualli.

 

Nota: Mah cualli yohualli quiere decir buenas noches en nahuatl, lengua con más de mil quinientos años de historia que se sigue hablando en Centroamérica, zona de donde provienen los cocoyus.

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